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Jóvenes con y sin discapacidad conversan sobre sexualidad

Reunimos a jóvenes con y sin discapacidad en un espacio seguro y libre de juicios para hablar sobre sexualidad, salud y derechos sexuales.

Estas conversaciones tienen lugar en el marco de Own your voice, un proyecto que busca facilitar conversaciones honestas y horizontales sobre sexualidad entre jóvenes con y sin discapacidad intelectual. Lo hacemos en colaboración con Funprodami —una fundación con amplia trayectoria en trabajo con personas con discapacidad desde una perspectiva de derechos, autonomía y accesibilidad—, y, de forma paralela, con nuestras compañeras de la Asociación de Planificación Familiar de Chipre, que trabajan con la misma metodología para dar forma a este proyecto compartido entre países.

Esta serie de conversaciones sobre sexualidad, salud y derechos sexuales no son un curso, ni una terapia ni un grupo focal, y tampoco colocan a “las personas con discapacidad” como objeto de estudio. Son, simplemente, un lugar donde jóvenes diversos/as se encuentran para hablar de temas que rara vez se abordan sin prejuicios ni paternalismo: el deseo, los derechos, los cuerpos, las relaciones, el consentimiento, la maternidad, el amor.

En España, el grupo está formado por diez personas jóvenes —algunas con discapacidad intelectual, otras sin— que participan en cuatro sesiones de conversación guiada. Desde el principio, una de las claves fue nombrar con claridad lo que no queríamos que fuera este espacio: no veníamos a enseñar, ni a traducir. Veníamos a escuchar y a facilitar el espacio que permitiera poner en común experiencias, palabras y también silencios.

En la primera sesión nos presentamos, definimos normas de funcionamiento y compartimos qué entendíamos por sexualidad. Aparecieron conceptos, risas, palabras que incomodaban, términos que no se conocían y preguntas que nunca se habían hecho en voz alta. En la segunda, el foco estuvo puesto en los derechos: ¿es lo mismo un deseo que un derecho?; ¿tenemos derecho a ligar, a tener relaciones sexuales?; ¿qué pasa cuando no encajamos en los cánones sociales de lo deseable?; ¿y con la maternidad, cuando muchas mujeres luchan por no verse forzadas a ser madres, mientras que otras ni siquiera son reconocidas como posibles madres?; ¿qué pasa con ese deseo cuando entran en juego tutelas externas, pero también la falta de recursos personales y de condiciones sociales que lo hagan posible?

La metodología de las conversaciones es sencilla: cada sesión parte de una “pecera” con papelitos escritos por el equipo y por el grupo, que contienen frases, preguntas o palabras clave. Se van sacando al azar y abren la conversación. Nadie está obligado a hablar, y tampoco hay respuestas correctas ni intervenciones dirigidas. Lo que se dice en la sala se queda en la sala. 

A veces, los prejuicios se caen solos. Alguien da por hecho que una persona con discapacidad intelectual no ha tenido relaciones sexuales, y otra lo desmiente con naturalidad, hablando de su pareja, de lo que le gusta y de lo que no. En otro momento, alguien se sorprende al descubrir que una forma de hablar directa y clara —sin rodeos, sin frases hechas, sin eufemismos— puede ser mucho más eficaz que todos los juegos sociales aprendidos. Pero también ocurre al revés: hay quien presupone que quienes no tienen discapacidad entienden ciertos conceptos, o han vivido ciertas experiencias, y no siempre es así. Hay quien se sorprende al ver que otras personas también tienen miedo al rechazo o no saben cómo decir que no sin sentirse culpables.

Quedan aún dos sesiones por delante: una centrada en el amor, la seducción y las relaciones de pareja, y otra dedicada al deseo, las relaciones eróticas y el consentimiento. En paralelo, el grupo de Chipre trabaja con la misma estructura, y pronto compartiremos experiencias y aprendizajes entre países. Lo que está ocurriendo en ambos grupos es una muestra clara de lo que pasa cuando se crean espacios reales de conversación entre jóvenes que, habitualmente, no coinciden. Y de cómo, cuando se genera confianza, las barreras desaparecen y la conversación fluye. 

Este proyecto no viene a enseñar nada. Escucha, crea condiciones, abre posibilidades. Y, sobre todo, reconoce algo fundamental: que todas las personas —con o sin discapacidad— tienen derecho a nombrar su deseo, a hablar de su cuerpo, a construir vínculos, a equivocarse, a elegir, a decir que sí y que no. Y a hacerlo con su propia voz.