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«La idea de controlar la sexualidad siempre ha existido»

Hablamos con Andrea Dip, periodista e investigadora, sobre cómo los movimientos de extrema derecha priorizan el ataque a los derechos sexuales y reproductivos.

Andrea Dip es una periodista brasileña dedicada a la investigación. Integrante del IRGAC de la Fundación Rosa Luxemburgo e investigadora invitada en la Universidad Libre de Berlín, lleva años dedicada a analizar el avance del fundamentalismo cristiano, las conexiones entre religión, autoritarismo y ultraconservadurismo, y sus efectos en los derechos de las mujeres y las personas LGBTIQ+. Por este trabajo ha recibido numerosos premios.

¿Por qué los movimientos de extrema derecha tienen en la diana, de manera prioritaria, a los derechos sexuales y reproductivos?

Creo que hay diferentes motivaciones. Una es que utilizan estos temas para generar pánico moral en la sociedad, aprovechando también que la izquierda y muchos movimientos progresistas siguen sin tratar estos temas con seriedad y no promueven un debate valiente. Así que siguen siendo temas tabú, vistos desde el punto de vista del pecado, del crimen, y no como serias cuestiones de salud pública. Estos movimientos de extrema derecha llevan estos temas al centro de sus acciones, a la sombra de la religión, distorsionando las motivaciones y creando fantasmas. Mientras tanto, miles de mujeres y niñas siguen muriendo en abortos inseguros e ilegales.

Hay que decir también que la idea de controlar la sexualidad, gobernar los cuerpos y quitar autonomía a las personas embarazadas siempre ha existido. No es algo nuevo. pero sigue ocurriendo de manera muy significativa, y sigue teniendo mucho efecto.

Lleva años analizando los movimientos que actúan contra la igualdad y la diversidad sexual. ¿Qué características diría que unen a todos ellos?

Están muy organizados, trabajan a escala transnacional, se reúnen con frecuencia en actos, están bien financiados y trabajan de forma muy práctica. Idean estrategias y proyectos de ley juntos, alinean sus discursos, tienen gran influencia política, tienen un fuerte lobby y crean cosas prácticas, proponiendo proyectos de ley y leyes para hacer retroceder los derechos, o para bloquear el progreso en la legislatura e incluso en el poder judicial. Además, saben utilizar las redes sociales en su beneficio, difundiendo desinformación y pánico moral.

Creo que también es importante decir que invierten mucho en la educación política e ideológica de los y las jóvenes. La Red Política por los Valores, por ejemplo, una plataforma transnacional ultraconservadora, organiza cursos de formación de hasta seis meses para adolescentes y jóvenes. Así garantizan la supervivencia y el fortalecimiento de sus ideas reaccionarias.

¿Está siendo adecuada la respuesta de quienes defienden los derechos sexuales y reproductivos?

Creo que el movimiento feminista lleva mucho tiempo luchando para que no haya retrocesos y para que se discutan las cuestiones de género, para que se incluyan estas cuestiones en la sociedad, y en algunos lugares, como en Argentina, ha salido victorioso. Pero, como dije antes, creo que otros movimientos progresistas y la izquierda todavía tienen que perder el miedo a debatir estos temas abierta y francamente. Es habitual que durante las elecciones, cuando se les pregunta por el aborto, por ejemplo, los candidatos huyan del tema o negocien fácilmente con movimientos religiosos reaccionarios. Nuestras agendas son siempre las primeras que se negocian a cambio del apoyo de los conservadores. Y como dice una filósofa polaca a la que admiro mucho, Ewa Majewska, es imposible ser antifascista sin ser feminista. Son agendas interseccionales y hay que considerarlas así.

¿Y la respuesta de los poderes políticos y públicos?

Estamos asistiendo al surgimiento de una ola reaccionaria en el mundo. Estamos experimentando múltiples crisis: climática, económica, sanitaria, política, la crisis del capitalismo neoliberal y de la propia democracia tal y como la conocemos. Con este telón de fondo, cada vez más líderes autoritarios o populistas de extrema derecha han sido elegidos, prometiendo un retorno a una fantasía del pasado u ofreciendo respuestas simples (y mentirosas, a menudo negacionistas).  Por supuesto, esto interfiere directamente en nuestros derechos, porque hoy son estas personas las que empuñan la pluma, las que tienen el poder de decisión. Pero, a riesgo de repetirme, la izquierda en las cámaras legislativas y en las presidencias debe adoptar una postura más clara. Fue Simone de Beauvoir quien dijo que basta una crisis política, económica y religiosa para que se cuestionen los derechos de las mujeres. Y eso incluye también a la comunidad LGTBIQ+ y a los cuerpos disidentes.

¿Qué cree que urge hacer?

Creo que tenemos que pensar en las agendas de género y de derechos reproductivos como interseccionales con el racismo, la emergencia climática, la crisis del capitalismo, la lucha de clases, la violencia urbana, la lucha por el territorio, tanto entre nosotras y nosotros, los movimientos progresistas, como en el debate público. Y tenemos que sacar el aborto del armario, hablar de él como una cuestión de salud pública, pero también quizás cambiar la pregunta: en lugar de preguntar si la sociedad está a favor del aborto, preguntar si piensa que una mujer que aborta debería ser encarcelada, por ejemplo. Creo que estos son algunos puntos importantes. Cómo hacerlo sigue siendo una pregunta a la que intentamos dar respuesta. No es sencillo, pero tampoco imposible.