Entrevistamos a la psicóloga, divulgadora y formadora Lidia Mendieta, experta y pionera en la comprensión y atención de la violencia intragénero en España.
La psicóloga Lidia Mendieta es una pionera en la comprensión y atención de la violencia intragénero en España. En 2014 fue cofundadora, del SAVI, el primer Servicio de Atención a la Violencia Intragénero, realidad que aborda como profesional de la atención psicológica y como divulgadora y formadora.
Lleva años trabajando con víctimas de violencia intragénero y también para que esta violencia sea reconocida y abordada desde los protocolos y las leyes. ¿Cómo podemos explicar lo que es esta violencia?
La violencia intragénero en un término estricto se define como la violencia que ocurre en una pareja en la que ambos miembros tienen el mismo género. Es un tema de poder. Igual que ocurre en la violencia de género en pareja que tan bien conocemos, uno de los integrantes tiene todo el poder (en este caso, el agresor o agresora) y el otro sufre su violencia (la víctima).
Que tengan el mismo género no significa que ambos miembros tengan el mismo poder puesto que se trata de un tema psicológico: una de las personas de la pareja se sitúa con todos los derechos mientras domina, maltrata y controla a la otra parte.
En estas relaciones de maltrato se dan todos los tipos de violencia que tan bien conocemos en violencia de género: física, psicológica, sexual, económica, etc. Y da igual el género de los integrantes puesto que cabría pensar que una chica no podría agredir físicamente, o que no sería tan grave, y esto ocurre, hay partes de lesiones, heridas y hasta asesinatos.
La violencia puede aparecer en todas sus formas, y su forma de expresarse se deberá mucho más a cuál es el perfil de personalidad de la persona agresora que del género al que pertenezca.
Como mencionaba, hay asesinatos muy bien documentados en violencia intragénero que aparecen y llevan años saliendo en las noticias, pero no se hace un recuento oficial de víctimas y las noticias quedan relegadas como un suceso truculento más sin tener en cuenta que la violencia intragénero es un fenómeno con entidad propia.
La definición de la violencia intragénero y sus conexiones con la violencia de género siguen siendo objeto de debate. ¿Cuál es su posición?
La violencia de género en el lado social es un fenómeno completamente diferente de la violencia intragénero. En la violencia de género tenemos un fenómeno social que lo causa, que es el machismo, la desigualdad histórica entre hombres y mujeres, y que no debe ser invisibilizado ni diluido como muchas veces pretenden sectores políticos.
Mientras que la violencia intragénero, en su parte social, lo que más le influye y atraviesa es la LGTBfobia, el hecho de que las personas LGTBIAQ+ sean ciudadanos de segunda clase influirá en cómo se expresa y se invisibiliza este fenómeno. Por poner unos ejemplos, y no extenderme, para que se entienda: si salir del armario puede suponer que te den una paliza o que tu familia te repudie, ¿cómo vas a contar que tienes una pareja de tu mismo género? Si has salido del armario y te has quedado solo y tu único apoyo es tu pareja, ¿cómo vas a dejarla? Hay un largo etcétera.
Por lo tanto, en su base, son dos violencias que en realidad beben de la misma fuente, de los patrones tóxicos del heteropatriarcado. Son dos luchas que podrían apoyarse en lugar de invisibilizarse, pero, a día de hoy el desconocimiento de la violencia intragénero y los discursos de miedo sobre que va a invisibilizar a la violencia de género, hacen que sea un gran escollo aún por salvar.
Hay cierta percepción de que las relaciones entre personas LGTBIQ+ son más igualitarias y están más libres de violencia que las heterosexuales. ¿Cómo afecta esta percepción al reconocimiento y denuncia de esta violencia?
Los mitos de la violencia intragénero son los culpables de esta percepción.
Primero, no pensamos que dos personas del mismo género se pueden agredir porque hemos asimilado que la violencia más grave (o incluso la única) es la física, por lo que nos tenemos que imaginar un hombre mucho más grande y fuerte que su víctima y esto no es así, la violencia física requiere de una violencia psicológica previa que consigue inmovilizar a la víctima, y que cuando la agresión física ocurre (si se da el caso) la persona maltratada aguante ese maltrato y ya no pueda huir porque su autoestima está mermada. Pero en violencia intragénero se ven agresiones físicas igual que en violencia de género. Además, no hace falta que haya violencia física para que exista violencia, la psicólogica puede ser más traumática incluso que la física.
Segundo, si nos llegamos a imaginar que la violencia intragénero puede ocurrir, tendemos a forzar igualmente los papeles “masculino” y “femenino” en la pareja, es decir, pensamos que alguien hace de “hombre” y por ello maltrata, y por supuesto la víctima hace de “mujer”. Esto no es cierto. Quién hace de hombre o quién de mujer es un mito homófobo.
Tercero, unido al primer mito, tampoco nos imaginamos un abuso sexual en esta violencia en el caso de las mujeres, porque no nos imaginamos una mujer “violadora”, muy unido también al concepto de que el verdadero abuso es el que se hace con penetración, con fuerza y con un falo, algo que no es cierto puesto que abuso es cualquier práctica sexual no consentida. Y en el caso de los hombres en el imaginario colectivo se les pinta con una energía sexual desbordante, y, por lo tanto, siempre dispuestos a tener relaciones sexuales. Pero esto es falso, las violaciones en hombres existen igual que en mujeres.
Cuarto, a las mujeres no se las ve como dañinas o peligrosas, y mucho menos violentas, cuando son capaces de la misma violencia con la misma brutalidad. Se ha dado el mito de la “utopía lesbiana”, concepto americano de los 70, que resume muy bien lo que esperamos en las relaciones lésbicas, relaciones libres de violencia.
Y, por último, a los hombres no se les ve cómo débiles, como víctimas, aunque puedan recibir una violencia brutal de su pareja.
Al margen de lo anterior, ¿por qué cree que la violencia intragénero sigue siendo poco visible, tanto hacia fuera —en los discursos públicos, en los recursos, en las estadísticas— como hacia dentro —para quienes la viven o están cerca de ella?
Está muchísimo más invisibilizada que la violencia de género, una de las grandes pruebas es que evidentemente no hay una ley Estatal que recoja este fenómeno y no hay una red de recursos de ayuda. Si salieras a la calle a preguntar sobre violencia de género en pareja todo el mundo sabría explicarte más o menos lo que es, mientras que la violencia intragénero ni los propios profesionales psicólogos, sanitarios, jueces, policías, etc, muchísimas veces saben ni que el término existe, y peor aún, a veces tampoco saben que es una cosa que ocurre cuando son ellos mismos quien la van a atender.
Uno de los principales motivos de esta invisibilidad es la LGTBFobia y homofobia. Si ni siquiera puedes salir del armario, ¿cómo vas a contar que tienes una relación de violencia? Si te ha costado que te acepten como gay o lesbiana o bisexual ¿cómo encima vas a dar mala imagen de tu pareja? Si tu pareja no ha salido del armario ¿cómo vas a sacarla del armario para decir que tiene una relación violenta contigo?
Los recursos son insuficientes, pero más allá de eso nos volvemos a encontrar con el problema de la invisibilidad. La mayoría de personas no sabrán ni que existen, ni sabrán cómo acudir a ellos. Lo más frecuente, de hecho, es que si una persona pide ayuda se encuentre con el desconocimiento hasta de los propios profesionales. Por ejemplo, si una persona le cuenta a su médico de cabecera que está sufriendo violencia intragénero el médico no tendrá ni idea de dónde derivar este caso, y peor aún, puede decirle que eso no es violencia. Otro caso que se da son las derivaciones circulares o interminables, a lo mejor este médico manda a esa persona, por ser mujer, a un Punto de Violencia de género (pero allí no atienden violencia intragénero), así que allí le derivan a una asociación LGBTIAQ+, y de ahí ya le ponen en contacto por ejemplo por SILVI, pero en todo este proceso es muy probable que la persona abandone y cese su búsqueda de ayuda.
A día de hoy la mayor parte de recursos se encuentran en asociaciones o recursos LGTBIAQ+, pero si no has salido del armario, no te identificas con el colectivo, tu pareja tiene influencia en los círculos LGTBIAQ+, y un largo etcétera, no acudirás a estos recursos. Que los servicios de atención fueran públicos y oficiales, con sus medidas de protección y de confidencialidad como en violencia de género ayudaría mucho.
Usted lleva años trabajando para que existan protocolos públicos de atención a las víctimas. ¿Cuál es la situación en la actualidad?
No hay una red unificada y oficial como sí pasa con la violencia de género. Suelen ser iniciativas de asociaciones privadas, y en ocasiones ayudas públicas las que financian alguno de los recursos a disposición de la violencia intragénero. En Madrid, por ejemplo, está COGAM, que tiene el número de teléfono de ayuda 028, que empezó siendo de ayuda a las agresiones homófobas pero hoy en día se ha especializado también en violencia intragénero. Existe también SILVI de la Fundación Triángulo (uno de los pocos especializado que ha recibido ayuda pública), etc. Y en otros lugares está, por ejemplo, Relaciones Sanes de las Baleares, que atienden exclusivamente a violencia intragénero.
En cada recurso tienen su propio protocolo creado específicamente y no hay ningún tipo de protocolo oficial para atender estos casos. El desconocimiento tan grande del fenómeno hace que la mayor parte de las veces que una víctima, o incluso una persona agresora, acuda a un recurso no sepan cómo tratarlo.
Por poner un ejemplo, en mi profesión he visto muchísimas personas atendidas por un psicólogo o psicóloga en terapia de pareja cuando era claramente un caso de violencia intragénero, y decirle por ejemplo, a la víctima que “también tiene que ceder a las necesidades de su pareja”, cuando éstas eran controlar, incluso forzar sexualmente a su víctima. Pero como el agresor no era un hombre o era un hombre gay no se veía la violencia y la amenaza.
Y si la persona tiene suerte, en el mejor de los casos, y topa con un profesional sensible, le aplicará un poco los mismos protocolos que a la violencia de género, que no es incorrecto y no está mal, pero le faltará tratar toda la parte de la LGTBfobia vivida ya que este hecho atraviesa a la violencia intragénero, a los mitos y a su invisibilidad.
Sólo en los pocos recursos específicos que existen de violencia intragénero se les podrá atender correctamente.
¿Cómo debemos incorporar la prevención de la violencia intragénero en el trabajo comunitario o educativo sin reforzar estereotipos ni caer en la patologización de las relaciones LGTBIQ+?
Con los dos grandes pilares mencionados en la pregunta anterior. Por un lado, el clínico (la sintomatología, el chantaje, la violencia, la manipulación, etc) que es igual al de la violencia de género, y que se pueden utilizar y adaptar muchos protocolos, campañas y concienciación. Y por otro lado, la parte de la LGTBfobia (si la persona no ha salido del armario, qué apoyos sociales tiene, si tiene una expresión más masculina y le confunden con la parte agresora, etc.) se puede atender a la violencia intragénero de manera adecuada pero falta muchísimo para que lleguemos a la formación y prevención que nos haría falta.
Sólo con estas dos partes, y por lo tanto, incluyendo toda la parte específica de LGBTfobia, se podrá atender correctamente a la violencia intragénero sin reforzar estereotipos de género como que las mujeres no son violentas, que los hombres no son víctimas, o estereotipos específicos de la población LGTBIAQ+ como que a un gay no se le puede forzar sexualmente porque él ya es lascivo, que lo que ocurre entre dos chicas es sólo un bollodrama, etc.
