El programa Protégeme de educación sexual a jóvenes con discapacidad intelectual, a sus familias y profesionales, nos está dejando ver cuestiones que hay que abordar.
El objetivo de Protégeme es contribuir a la prevención, a través de la educación sexual, del abuso sexual en chicos y chicas con discapacidad intelectual. Para ello, realizamos talleres con estos y estas jóvenes e intervenimos de forma transversal con sus familias y con los/as profesionales que trabajan con ellos/as, -desde equipos directivos y de orientación hasta equipo técnico y de apoyo-, de manera que la labor educativa integre a los diferentes actores que forman parte de la realidad de los/as jóvenes.
Para ello trabajamos muy de la mano de los centros de educación especial, y es gracias a esta coordinación que, año tras año, observamos cosas interesantes sobre el abordaje de la sexualidad de las personas con discapacidad.
Acompañamiento y no sólo prevención
Son cuestiones como el adultismo, que niega la existencia de la sexualidad en la infancia y que, en una sociedad que tiende a infantilizar a las personas con discapacidad, niega e invisibiliza también la sexualidad de estas personas. O el capacitismo, que hace que las personas con discapacidad no sean tomadas en cuenta como parte activa y relevante de la población.
Vemos también la tendencia a entender el deseo desde una concepción normativa, que no integra otras formas y modos de desear como válidas y aceptables, eliminando así la posibilidad de comprender las diferentes y particulares formas que las personas tenemos de buscarnos y encontrarnos eróticamente. Sin olvidar que la sexualidad de las personas con discapacidad está igualmente marcada por otras concepciones (sobre la sexualidad y la erótica, así como sobre la pareja) que también limitan al resto de la población, como el coitocentrismo y la primacia de la genitalidad.
Tanto las y los profesionales como las familias tienden a demandarnos intervenciones educativas muy centradas en los aspectos preventivos, como el abuso y los embarazos no planificados, pero también en cuestiones como la masturbación, la diferenciación entre los espacios públicos y privados, las prácticas aceptables y no aceptables y la intimidad. Y resulta interesante que esta demanda se produce incluso cuando estas cuestiones están integradas en el currículum educativo de muchos de los centros con los que se trabaja y forma parte de sus intervenciones cotidianas.
Entendemos esto como un logro, puesto que en muchas ocasiones responde al trabajo que llevamos desarrollando durante años. La coordinación estable con los centros, así como la formación de profesionales, facilita que desde los propios centros se incorpore el trabajo de aspectos relacionados con la sexualidad del alumnado.
Además, estamos recibiendo demandas más específicas, en clave más de promoción que preventiva, en torno a las relaciones de pareja, el amor y el enamoramiento (y los tópicos que rodean a la idea de amor romántico). Esto evidencia algo que venimos recalcando desde hace tiempo: las personas con discapacidad también muestran sus deseos y sus afectos, y manifiestan su interés de vincularse de forma romántica con otras personas.
¿Son necesarias tantas limitaciones?
En este sentido, cabe destacar que, al igual que sucede en grupos de educación ordinaria, los conceptos de enamoramiento, de amor y de relaciones de pareja, así como aspectos relacionados con el ideal de maternidad y paternidad, también se ven envueltos en ideas preconcebidas y cargadas de estereotipos. Además, y a pesar de que las necesidades y las ideas previas son compartidas con otras personas jóvenes, los/as chicos/as con discapacidad intelectual viven limitaciones que afectan de forma muy particular a la vivencia de sus relaciones amorosas y eróticas.
Hablamos de la infantilización, la protección excesiva o la limitación de su autonomía e independencia, que también limitan sus posibilidades de relación. En muchas ocasiones, las únicas oportunidades de relación que tienen se centran en el contexto educativo, con sus iguales, sin posibilidad de disponer de otros espacios o lugares donde puedan conocer otras personas, relacionarse y encontrarse.
La falta de un entorno social paralelo al grupo educativo y familiar, así como las limitaciones para encontrar espacios íntimos y privados, además de la supervisión y control por parte de profesionales y familiares, restringen enormemente las posibilidades de “experimentar” una relación de pareja o erótica, lo que puede desencadenar angustias, frustraciones y vivencias negativas. Esto contribuye, además, a que se expongan a una mayor vulnerabilidad, pues facilita relaciones de poder y abuso en un intento de vinculación emocional a toda costa, sin la capacidad para ser críticos/as con esas relaciones y bajo la búsqueda de “el amor ideal”.
Para abordar estos temas no sólo contamos con herramientas meramente expositivas. A través de la expresión artística hemos podido asomarnos a las ideas que estos/as jóvenes tienen sobre la sexualidad, el amor y la pareja; pero, sobre todo, hemos podido establecer espacios seguros de aprendizaje que han facilitado la expresión de sus necesidades, inquietudes y deseos. Finalizados los cursos contamos con pequeñas obras de arte que visibilizan la realidad de las personas con discapacidad intelectual y que constituyen un empujón para trabajar cuestiones que no solo forman parte de sus necesidades, sino también de sus derechos.
Dar una vuelta al concepto de vulnerabilidad
Además, el trabajo con profesionales y con las familias es imprescindible para garantizar que chicos y chicas con discapacidad intelectual adquieran las habilidades necesarias no solo para protegerse, sino también para poder disfrutar de una sexualidad positiva y respetuosa con ellos/as y con las demás personas. La familia juega un papel fundamental porque tiene la posibilidad de transmitir valores y actitudes respetuosos, además de favorecer espacios seguros en los que compartir experiencias y sentimientos. De hecho, una de las cuestiones que más preocupa a las familias es no saber dar respuesta a sus inquietudes y necesidades. Estas preocupaciones, en muchas ocasiones responden, precisamente, a las ideas estereotipadas sobre la sexualidad de las personas con discapacidad, además de a la vulnerabilidad que se atribuye a estas personas. Precisamente por ello es necesario darle la vuelta al concepto y trabajar para favorecer la autonomía y el autocuidado de chicos y chicas, tanto en el contexto educativo como en el ámbito familiar.
Cada curso nos ofrece la posibilidad no solo de educar, sino también de aprender, porque de las personas jóvenes se aprende mucho, y de las personas jóvenes con discapacidad intelectual también. Sus vivencias y perspectivas nos desafían a reconsiderar nuestras propias ideas y a mejorar nuestras estrategias educativas, enriqueciendo nuestro enfoque y haciéndolo más efectivo y adaptado a sus necesidades reales.
