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Lo que vemos en las aulas: masculinidades a la defensiva

Se habla de masculinidades en crisis, de la influencia de la manosfera o del rechazo de los chicos hacia el feminismo. Puede parecer una moda, pero es real y hay que atenderlo.

En los talleres de educación sexual que realizamos en muchos centros educativos, emergen discursos de los chicos marcados por el miedo, el recelo y la influencia de las redes sociales. Frente a ellos, el papel de las chicas cambia: menos confrontación y más cansancio. Y lo que sucede entre ambos no es solo el reflejo de actitudes individuales, sino el eco de un sistema social que no ha sabido acompañar ni ofrecer marcos nuevos.

El consentimiento como amenaza

En una sesión con alumnado de 4º de la ESO, un chico plantea que si paga una noche de hotel para estar con una chica y ella decide no mantener relaciones sexuales, debería devolverle el dinero. Otro, en un tono de resignación contenida, cuenta que aunque esté en una discoteca y una chica le proponga ir al baño a hacer «algo más», preferiría no hacerlo: “porque luego me puede arruinar la vida, y por un polvo no merece la pena.” El resto del grupo asiente.

Estas escenas se repiten, con matices, en distintos centros. Lo que muestran no es solo un malentendido sobre los límites del consentimiento, sino un marco afectivo y sexual atravesado por el miedo, la duda y la desconfianza. En este relato, el deseo se convierte en amenaza, y la erótica en un campo de riesgo.

En varios talleres, la idea de que el consentimiento puede volverse en contra de ellos aparece de forma insistente. Algunos chicos siguen defendiendo, incluso, la idea de firmar un contrato previo antes de mantener relaciones sexuales, como una forma de protegerse frente a posibles denuncias. Al abrir el debate surgen las dudas: ¿Qué ocurre si alguien quiere parar en medio? ¿Y si aparece un deseo no previsto en ese acuerdo? La conversación permite mostrar que el consentimiento no se resuelve por anticipado, sino que requiere atención, presencia y reciprocidad en cada momento.

De la red a la clase: cuando los referentes son youtubers

Durante una dinámica sobre cómo se construyen las relaciones de pareja, un alumno de segundo de la ESO explica cómo “hay que conquistar” a una mujer: ser carismático, abrirle la puerta, protegerla. Las frases suenan ensayadas. Cuando se le pregunta de dónde ha sacado esas ideas, todo el grupo estalla en carcajadas nerviosas. El origen, aunque no se diga, está claro: los discursos de la manosfera -esas redes de influencers que venden modelos rígidos y jerárquicos de género- ya han encontrado su lugar en las aulas.

A veces las chicas reaccionan. “¿Cómo me vas a conquistar así?”, preguntan entre risas. Pero en general, los debates no se sostienen. Y en muchas ocasiones, ni siquiera se producen: los modelos tradicionales siguen normalizados como parte del paisaje emocional y relacional.

Masculinidades a la defensiva

Hablar de desigualdades de género con grupos de chicos adolescentes implica, cada vez más, gestionar una reacción defensiva inmediata: “No todos los hombres somos malos”; “No todos somos agresivos”. Lo que podría parecer una respuesta puntual es, en realidad, un síntoma; muchos chicos no encuentran un lugar desde el que puedan cuestionar el machismo sin sentirse atacados o excluidos.

En ese malestar se articulan también otras ideas: la creencia de que el feminismo ya no busca la igualdad sino el privilegio de las mujeres, o que ellas están “más protegidas” legalmente. Sin referentes alternativos, sin relatos que los incluyan en el cambio, la reacción habitual es el resentimiento.

Este sentimiento de descoloque, además, se intensifica en algunos grupos de chicos migrantes, que verbalizan con claridad las dificultades para establecer relaciones afectivas y sexuales en contextos donde su origen racializado les sitúa de partida en la sospecha. “Aquí las chicas no se fían de nosotros”, explican. Se perciben como no deseables, y no encuentran referencias claras para moverse en entornos donde las normas del consentimiento también les resultan nuevas o difusas.

Chicas que callan (y algunas que ceden)

Frente a estos discursos, el papel de las chicas también está cambiando. Si antes era habitual que alguna alzara la voz para cuestionar comentarios machistas, ahora muchas optan por callar. Puede que por miedo, por cansancio o por supervivencia en espacios donde la confrontación implica desgaste y exposición.

Y cuando intervienen, a veces lo hacen no para discutir, sino para reforzar. En muchos talleres, las chicas adolescentes defienden abiertamente ideas como: “Si no hay celos, no hay amor”, o justifican el control digital mutuo como signo de confianza. El amor romántico, entendido como privación compartida de libertad, sigue teniendo un enorme arraigo emocional.

Diversidad sin anclaje

Otro síntoma de esta deriva es la distancia entre el discurso institucional sobre diversidad y la práctica en las aulas. Aunque muchos centros tienen alumnado trans o no binario, los comentarios tránsfobos siguen apareciendo con frecuencia, a menudo en forma de chistes, preguntas despectivas o negaciones de identidad. La burla se mantiene como una forma activa de exclusión, incluso en espacios donde la diversidad ya es una realidad visible.

¿Qué hacemos con todo esto?

Lo que vemos en las aulas no son opiniones sueltas ni casos aislados. Son los síntomas de un sistema cultural que no ha sabido ofrecer a los chicos alternativas habitables para su masculinidad. Donde el consentimiento se vive como trampa, la erótica como amenaza, el feminismo como agresión y la diversidad como un chiste.

En este contexto, la educación sexual debe ser uno de los espacios donde aún sea posible abrir preguntas, desmontar relatos cerrados y ensayar formas distintas de estar en el mundo. No para señalar culpables, sino para acompañar procesos, hacer hueco a las dudas y ofrecer otros lenguajes posibles.

Porque si no ocupamos ese espacio, ya sabemos quién sí lo va a seguir haciendo: la manosfera, el miedo y la desconfianza.