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Arganda del Rey: Una generación entera con educación sexual

El compromiso institucional, la constancia y la colaboración con profesionales sostienen un programa de educación sexual en los centros de secundaria que tiene ya más de una década.

En un contexto en el que la educación sexual sigue sin garantizarse de forma efectiva a pesar de su reconocimiento legal y curricular, hay experiencias que —por su solidez, trayectoria y resultados— merecen ser contadas. Arganda del Rey, un municipio madrileño de cerca de 60.000 habitantes, lleva quince años sosteniendo un programa público de educación sexual dirigido a todos sus centros de educación secundaria. Lo más excepcional no es solo su duración, sino la forma en que se ha mantenido: con un enfoque coherente y muchas personas comprometidas detrás, incluidas las profesionales de SEDRA.

Una apuesta institucional con visión a largo plazo

La iniciativa nació en el Ayuntamiento, que desde el principio apostó por incluir la educación sexual en su trabajo en salud pública. Lejos de plantearla como una actividad puntual, se diseñó un programa continuado, con visión a largo plazo y un planteamiento que buscaba asegurar que todo el alumnado de secundaria tuviera acceso, durante cuatro años, a una formación en sexualidad basada en derechos, adaptada a su momento vital y orientada a su bienestar y autonomía. El programa comenzó en 2008 con un formato menos estructurado, pero con una apuesta clara por la continuidad. A partir del año 2018, el modelo se consolidó en su forma actual, con talleres diferenciados para cada curso y una colaboración estable con todos los centros del municipio.

SEDRA ha participado en esta experiencia desde sus inicios. Las personas que diseñamos el programa y facilitamos los talleres —todas profesionales de la entidad— hemos trabajado junto al Ayuntamiento y los centros educativos para desplegar una buena propuesta. Aunque se trata de una iniciativa pública impulsada desde el ámbito local, su desarrollo técnico y el cuidado en cada intervención han sido posibles gracias al compromiso de quienes lo llevamos a cabo día a día. Esta colaboración demuestra lo que puede pasar cuando se apuesta por un trabajo sostenido y por equipos profesionales con experiencia sobre el terreno.

La diferencia está en el recorrido

El programa se estructura con lógica de andamiaje. Cada centro lo incorpora en el primer curso de secundaria, y se suman progresivamente los cursos siguientes. Hoy, todos los niveles —de 1º a 4º de ESO— reciben talleres diferenciados y adaptados a cada etapa. Cada alumno y alumna pasa por cuatro talleres a lo largo de la ESO, lo que asegura que no se trate de un taller aislado, sino de un proceso que se construye a lo largo del tiempo. Cada año trabajamos con unas 2.500 personas jóvenes, lo que hace de este uno de los programas más amplios y estables de educación sexual en el ámbito municipal.

Esta continuidad es uno de los aspectos más valorados por el profesorado. Como señalaba un docente: «Cuando ves a una alumna de 4º de la ESO hacer preguntas complejas, entiendes el valor de haber empezado en 1º. La diferencia está en el recorrido». No se trata solo de resolver dudas, sino de abrir espacios de conversación seguros y acompañar procesos en los que el cuerpo, las relaciones, los límites, el placer, la salud y los derechos se comprendan también en relación con el resto del grupo, y no solo desde las vivencias individuales.

Involucrar a las familias: más allá del aula

Por otra parte, entender la sexualidad como parte de la vida también implica la participación de las familias. Por eso, cada año realizamos también un taller dirigido a madres y padres, con el objetivo de abrir diálogo y acompañar, desde una mirada positiva, los procesos de la adolescencia. Esta línea, presente desde el inicio, ayuda a reforzar los vínculos entre lo que ocurre en el aula y lo que se vive en casa.

El Ayuntamiento valora mucho este programa precisamente por esa manera de trabajar y porque compartimos una visión de la salud de las personas adolescentes que entiende y aborda la sexualidad no solo desde la prevención, sino también como parte del bienestar emocional y relacional. Con el tiempo, la nuestra se ha convertido en una propuesta bien integrada en la vida educativa del municipio, en sintonía con otras iniciativas que se ofrecen a los centros desde lo escolar y lo comunitario.

Centros implicados, programas vivos

Cuando hemos compartido espacios de reflexión con el equipo municipal, nos han trasladado que una de las claves ha sido la constancia a través del trabajo con equipos directivos y de orientación, profesorado, y también responsables políticos/as. Por el Ayuntamiento han pasado en estos años distintas corporaciones, y con todas se ha mantenido la voluntad de explicar por qué tenía sentido que la educación sexual estuviera en los centros, y por qué sigue siendo importante que se quede. Ese compromiso institucional ha sido uno de los pilares para que el programa se mantenga en el tiempo.

El otro han sido la implicación de los centros educativos, fundamental para integrar el programa en la vida real de los institutos, generar confianza y adaptarlo a cada grupo. Como señalaba otra profesora: «Lo que más valoramos es que se adapta el contenido a cada grupo. No es un programa cerrado, es un proceso que evoluciona con el alumnado». Las profesionales de SEDRA hemos acompañado ese proceso con una mirada técnica, pero también cercana. No se trata solo de impartir contenidos, sino de estar, escuchar, ajustar lo necesario y construir relaciones sostenidas.

Educación sexual como parte del proceso educativo

Ahí está la clave: en concebir la educación sexual como parte estructural del proceso educativo. No como un añadido, sino como un derecho. Como una herramienta de prevención, sí, pero también como una vía para construir identidad, vínculos sanos y ciudadanía. En un momento donde la educación sexual sigue dependiendo demasiado de la voluntad individual de quienes están en los centros, Arganda demuestra que otra forma es posible.

Quince años después, el impacto no se mide solo en cifras sino también en lo que permanece: alumnado que acompaña a sus hermanas y hermanos pequeños en las mismas conversaciones; profesorado que ha hecho del programa parte de la cultura del centro; profesionales que han crecido con el proyecto y lo han consolidado sin perder el cuidado ni la calidad; familias que se han sentido parte del proceso y han encontrado nuevos espacios para hablar de lo que antes se callaba, y un Ayuntamiento que ha sabido sostener en el tiempo una apuesta poco común. Lo que Arganda demuestra, en el fondo, es que la educación sexual no necesita reinventarse cada año. Lo que necesita es continuidad, compromiso compartido y confianza en el trabajo bien hecho. Y que haya lugares donde eso ocurre —y se sostiene—, en estos tiempos, es una excelente noticia.