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Marta Cabezas: “El ‘antigenerismo’ es desdemocratizador»

La investigadora y experta en género advierte de que simplificar el fenómeno del llamado antigenerismo «es un error garrafal». Lee aquí nuestra conversación con ella:

Marta Cabezas Fernández es investigadora en el campo de los estudios de género y profesora del Departamento de Antropología Social y Pensamiento Filosófico Español de la Universidad Autónoma de Madrid y docente en otros espacios. Su trabajo se centra actualmente en derechos humanos, violencias machistas, movimientos antifeministas y derecha radical. Colabora en espacios de investigación-acción feminista, y es coeditora de La reacción patriarcal; Neoliberalismo autoritario, politización religiosa y nuevas derechas y de Cuando el Estado es violento. Narrativas de violencia contra las mujeres y las disidencias sexuales.

Yo creo que sí. Sin embargo, aún persiste la idea de que el ataque a las políticas de igualdad de género y al feminismo es una cortina de humo. Esto no ayuda a entender que este ataque es un síntoma de autoritarismo. Hay todavía quien considera que, por ejemplo, decir en nuestros parlamentos que “la violencia no tiene género”, negarse a participar en los minutos de silencio por las mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas o, directamente, llevar en su programa electoral la eliminación del Ministerio de Igualdad y su reemplazo por un Ministerio de Familia – me refiero a Vox – son maniobras de distracción para no hablar de lo-realmente-importante. Con independencia de que las políticas de género puedan ser instrumentalizadas para generar un espectáculo político lamentable, creo que la desigualdad de género es fundamental en el sostenimiento de todas las desigualdades, tanto en un plano material como en un plano simbólico y discursivo. Como dice Rita Segato, que es una intelectual anticapitalista y anticolonial además de feminista, el género es un pilar fundamental para sostener todo el edificio del poder. Estoy totalmente de acuerdo con la autora. Así que esto que llamamos “antigenerismo”, la oposición a la democratización del género y la sexualidad, a los estudios de género y al feminismo en todas sus versiones, es un movimiento desdemocratizador. Así debemos interpretarlo.

Creo que hay que distinguir entre violencia sexual y violencia de género, que en nuestro país se ha circunscrito a la violencia ejercida contra una mujer contra su pareja o expareja. En cuanto a la segunda, a la violencia de género, en el Estado español se produjo un aura de consenso con el Pacto de Estado y con la firma del Convenio de Estambul del Consejo de Europa. Creo que es un consensualismo aparente, pero hay que recordar que el Partido Popular suscribió ambos instrumentos. La escisión de Vox del Partido Popular en 2013 y su posterior llegada a la política institucional a finales de 2018 ha tenido el efecto de amplificar su discurso, y ha convertido a la violencia de género en un eje fundamental de polarización política.

La ultraderecha se define contra el feminismo y sus políticas, aun cuando, al mismo tiempo, intenta apropiarse del feminismo – ¡llegan a postularse como los verdaderos defensores de las mujeres! – y tergiversarlo para sus fines xenófobos. Esto se viene llamando femonacionalismo, el término es de Sara Farris. Es una manipulación, y hay que decirlo alto y claro, no tiene otra intención que desacreditar uno de los movimientos sociales más vibrantes de nuestro tiempo. Un ejemplo: cuando las organizaciones de defensa de los “derechos de los hombres”, aliadas de Vox, señalan que los hombres también sufren violencia de sus parejas mujeres – un fenómeno constatado pero de una dimensión mucho menor que a la inversa – en vez de ponerse al lado del feminismo que ha construido el fenómeno de la violencia dentro del ámbito doméstico como un problema público, se ponen en contra: en vez de luchar por ampliar y extender los recursos a los hombres, desacreditan incesantemente los que existen para las mujeres, llamándolos “chiringuitos” y nos acusan de estar promoviendo las denuncias falsas. No nos engañan. O sí… preguntabas por el peligro que entraña el antigenerismo y yo creo que, además de ser desdemocratizador, es profundamente manipulador: invierte víctima y perpetrador. Según ellos, las víctimas de la Ley de Violencia de Género son los hombres.

Además, el antigenerismo construye al feminismo como chivo expiatorio: echan la culpa a las mujeres y al feminismo por todos los males de la sociedad. Esto resulta atractivo, sobre todo para los hombres, porque moviliza su agravio por la pérdida, no de derechos, sino de privilegios de dominación sobre las mujeres. Esto conecta con capas muy profundas de las narrativas sociales legitimadas: el masculinismo ha encontrado a su Eva, a la culpable de la pérdida del paraíso (patriarcal). El peligro está también en que este autoritarismo patriarcal gane peso dentro del Partido Popular y lo radicalice hacia la ultraderecha. En muchos contextos, las ultraderechas ya han devorado a las derechas tradicionales. Creo que la derecha liberal-conservadora tiene una gran responsabilidad en este momento. Podría desmarcarse de la deriva ultra de Vox y, sin embargo, ha pactado con ellos desde su emergencia electoral hasta hoy. En cuanto a la violencia sexual, aquí emerge el punitivismo populista de derecha y esto es otro síntoma de autoritarismo patriarcal. Fijémonos en la polémica en torno a la Ley Sólo Sí es Sí: se generó un gran pánico moral por la reducción de penas, pero nos olvidamos de celebrar la aprobación de una ley integral con muchos elementos interesantes a largo plazo.

En el libro La Reacción Patriarcal, Cristina Vega y yo planteamos que este fenómeno reactivo a los proyectos feministas conforma un ecosistema muy complejo, donde confluyen diversos actores sociales y políticos diversos, que se aglutinan en torno a la defensa de la familia patriarcal, la nación excluyente y el neoliberalismo. El enfoque ecosistémico nos permite poner en primer plano las relaciones entre actores muy dispares y poner de relieve su complejidad. La simplificación de este fenómeno es un error garrafal. Debemos tomarlo en serio, a la vez que no debemos amplificarlo. En este ecosistema patriarcal tenemos, desde fenómenos dispersos que transcurren típicamente en redes sociales, como los youtubers antifeministas o las comunidades virtuales donde se cultiva la misoginia online como Foro Coches, hasta entramados muy poderosos de organizaciones políticas de ultraderecha y organizaciones religiosas fundamentalistas. HazteOír, y su heredera CitizenGo, es un actor fundamental en este entramado antigénero y tienen su sede en Madrid. De hecho, en el contexto europeo las primeras “bajadas a la calle”, como dice Eric Fassin, del movimiento antigénero, sucedieron en el estado español en 2005 contra la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo y, algunos años más tarde, en países como Francia. El estado español hace también de nexo entre América Latina y Europa, dentro de la geopolítica antigénero. Como señalan varias investigaciones, las jerarquías eclesiásticas españolas, ya de por sí conservadoras, fueron infiltradas por la sociedad paramilitar secreta e integrista El Yunque, de origen mexicano. Lo interesante es también que, pese a todo el poder que tienen, siempre han encontrado resistencia y no han logrado tumbar leyes como la del matrimonio de personas del mismo sexo, la ley del aborto, la ley de violencia de género o la ley sólo sí es sí. Por supuesto, hay que seguir resistiendo, pero hasta ahora este ha sido también un territorio donde el feminismo ha hecho frente a la reacción patriarcal.

Los movimientos feministas y LGBTIQ+ son mucho más que discursos. Creo que los feminismos y los movimientos de las disidencias sexo-genéricas son profundamente democratizadores. Además, sus propuestas no se quedan en un plano abstracto sino que atraviesan todos los aspectos de la vida cotidiana en todos los escenarios en lo que esta transcurre, en el trabajo, en la casa, en la vida política, en la calle, en los servicios públicos, en la intimidad, en la sexualidad. Ya que me preguntas por su dimensión discursiva, creo que su valor radica en revelar la dominación, que es lo contrario que hace la ultraderecha, cuyo discurso encubre la desigualdad y deslegitima a quienes la denuncian. De este modo, impiden, obstruyen la crítica a las relaciones de poder y a las desigualdades. Así, los movimientos feministas y LGBTIQ+ son democratizadores y la ultraderecha es desdemocratizadora, porque desacredita sistemáticamente a quienes luchan por desmontar los abusos de poder y hace un esfuerzo incesante por desactivar nuestras luchas. Así, la ultraderecha intenta encubrir y relegitimar la dominación y los movimientos feministas y LGBTIQ+ luchan por revelarla y deslegitimarla. Aquí está su radical diferencia. Mientras la ultraderecha intenta cosechar y producir el agravio de quienes deberían estar en la cúspide de la pirámide patriarcal del poder, los feminismos y los movimientos LGBTIQ+ intentan desmontar esas estructuras injustas y antidemocráticas. La ultraderecha produce odio contra quienes están más abajo en las estructuras sociales y los feminismos y movimientos de las disidencias sexuales indignación contra las injusticias. No son discursos equivalentes, sino opuestos.

Nos equivocamos en muchas cosas y debemos mantenernos siempre en conversación, siempre en proceso, siempre aprendiendo. Dicho esto, creo que debemos impugnar de plano la idea de que la reacción patriarcal sea culpa del feminismo o de los errores del feminismo. Esto sería caer en su trampa de utilizar al feminismo como chivo expiatorio de todos los males de la sociedad, incluso de los malestares de las mujeres. No podemos pensar con quienes nos quieren erradicar, ni asumir sus críticas. Debemos pensar con nuestras aliadas y aliados políticos y, con ellas y ellos, hacer crítica y autocrítica, analizar nuestras estrategias, sus puntos fuertes, sus puntos débiles. Creo que debemos navegar nuestras diferencias con más cuidado y asumir que los feminismos son diversos. Siempre ha habido voces críticas dentro del feminismo y creo que hay que tomarlas más en serio. Esas tensiones internas, creo que son el verdadero motor del feminismo, de los feminismos diversos. Hay que aprovecharlas para que resulten tensiones creativas y seguir avanzando.

Más concretamente, creo que el virulento antifeminismo de la ultraderecha es o puede ser su Talón de Aquiles. Los feminismos diversos tienen siglos de vida. Sin ir tan lejos, en los últimos años los movimientos feministas se han constituido como un vector de politización fundamental, también en el estado español. Pensemos en la Huelga Internacional Feminista, que empezó en países como Polonia y Argentina en 2017, y que en el estado español fue multitudinaria en los años 2018 y 2019. En esas huelgas había propuestas “para cambiarlo todo”, como dice Verónica Gago, un caudal político inmenso, con lúcidas críticas a todos los sistemas de opresión articulados bajo el patriarcado, con creatividad ecosocial, con capacidad de movilización callejera y también de transformación de las políticas públicas. En paralelo, las movilizaciones contra diversas formas de violencia machista han atravesado Latinoamérica bajo el lema “Ni una menos”, Estados Unidos con el #MeToo y sacudieron a la sociedad española con las movilizaciones contra la sentencia de la violación de los sanfermines. Esto es clave.

Oponerse al feminismo da a la ultraderecha un lugar en el mundo, pero también revela su profundo autoritarismo social y político, su proyecto de actualizar un (des)orden social basado en la dominación. Creo, además, que la ultraderecha se ha convertido en un lastre para la derecha liberal-conservadora. Vox ha radicalizado al PP y ha abierto la caja de pandora de sus contradicciones internas en torno a temas como el aborto o la violencia de género. Sin ir más lejos, las movilizaciones de la derecha y de la ultraderecha durante el proceso de investidura de Pedro Sánchez han tenido un carácter marcadamente masculinista, lo que augura que la oposición al nuevo gobierno de coalición será también masculinista, tanto en las calles, como en el parlamento. Aunque la ultraderecha antifeminista de Vox parece estar en declive, el Partido Popular se ha radicalizado hacia la derecha. Esto es una muy mala noticia y creo que el PP tiene una gran responsabilidad en estos momentos.

Dicho esto, sostener el contrapoder del feminismo no es tarea fácil. Si en 2019 estábamos surfeando la ola, ahora estamos en el ojo del huracán. La situación es compleja. En la medida en que el feminismo sea un contrapoder, un contrapeso crítico, una fuente de creatividad social, podremos luchar contra la inercia patriarcal del mundo contemporáneo. Los feminismos diversos son un motor para imaginar y poner en práctica otros mundos posibles, una fuerza democratizadora de la vida cotidiana en todos sus planos y contextos. Por eso debemos que seguir luchando e interpelando a la sociedad en su conjunto.