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Nuestros cursos desvelan problemas que es urgente abordar

El curso de monitores/as de educación sexual nos muestra que la digitalización y la precariedad laboral plantean muchos retos a las y los jóvenes que hacen intervención social.

Queremos que la educación sexual sea una realidad en un número de espacios cada vez mayor. Por eso hemos comenzado una nueva edición de nuestro curso de monitores/as en educación sexual, que realizamos gracias al apoyo de la Comunidad de Madrid y en el que están participando jóvenes de entre 18 y 25 años que quieren integrar la educación sexual en los espacios de educación no formal en los que trabajan o participan de forma voluntaria. Son jóvenes que están en asociaciones juveniles y espacios de ocio y tiempo y libre o de ocio alternativo, o en espacios de intervención social con chicos y chicas en situación de vulnerabilidad, a veces en contextos residenciales.

En este curso no se trata sólo de impartir conocimientos teóricos, sino también de potenciar habilidades prácticas. Respecto a estas últimas hemos visto ya, en las primeras sesiones, determinadas necesidades -que también hemos visto en otros grupos de jóvenes de la misma edad- que nos señalan las dificultades que enfrenta esta generación vinculada profesionalmente a los espacios de intervención social.

Por una parte, esta generación está inmersa en la era digital y por tanto en una avalancha de información, tanto a nivel usuario como profesional. La sobreexposición a la información, a menudo fragmentada y sesgada, hace que tengan dificultades a la hora de abordar o explicar procesos complejos -como los relacionados con la sexualidad- de una manera efectiva. La brecha entre la cantidad de información accesible y la capacidad para comprender y comunicar se ha convertido en un obstáculo significativo en la tarea de estos/as jóvenes, especialmente cuando se dirigen a adolescentes que también están luchando contra el exceso de información.

Las personas jóvenes que suelen participar en nuestras formaciones llegan, además, con muchos conocimientos que vienen de lo que han leído, visto y comentado en sus círculos, lo que es tremendamente útil pero suele convertirse en una mampara en la que es difícil que permee otro tipo de información. 

Por otra parte, la carga emocional y las complejas responsabilidades que asumen estos/as jóvenes se intensifican en determinados contextos profesionales, en los que se les hace responsables de las consecuencias y riesgos que puedan tener las decisiones de los chicos y chicas con los que trabajan. En su afán por prevenir estos riesgos y situaciones complicadas, algunos/as de estos/as jóvenes participan en determinadas medidas preventivas -como la administración de métodos anticonceptivos de larga duración de forma indiscriminada y sin el adecuado diálogo y asesoramiento contraceptivo-. Esta actitud preventiva, motivada por la preocupación legítima por el bienestar de los/as menores, les plantea interrogantes sobre su ética profesional.

Por último, los espacios de intervención social en los que estos/as jóvenes trabajan están marcados a menudo por condiciones precarias que plantean desafíos importantes. La realidad laboral de muchos/as de ellos/as revela una enorme discrepancia entre sus estudios y las posiciones que ocupan, lo que socaba su motivación y afecta a los servicios prestados. Adicionalmente, la tendencia a acumular horas de voluntariado como una estrategia para fortalecer los currículos agrega más complejidad al asunto.

La elevada rotación de personal, impulsada por la inestabilidad laboral y los bajos salarios, genera un entorno desmotivador que dificulta la retención de talento comprometido. La realidad económica impacta directamente en la calidad de la intervención, ya que estos/as profesionales se ven limitados en su capacidad para invertir tiempo y recursos en la formación continua y en la mejora de sus habilidades, a lo que se suma la desmotivación debida a sus precarias condiciones. Esta situación se vuelve aún más preocupante cuando se considera el impacto directo en los/as usuarios/as, especialmente en el caso de chicos y chicas en situaciones de vulnerabilidad. La calidad de las intervenciones se ve afectada, y se entorpece la construcción de relaciones de confianza, elemento crucial para su eficacia.

Este curso de monitores/as en educación sexual, por tanto, asume también el compromiso de acompañar a esta generación y abordar estos desafíos que están viviendo los/as jóvenes que buscan contribuir al bienestar de la sociedad a través de su compromiso con la educación sexual.